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Estamos hechos de palabras.

Palabras que hemos escuchado, hemos dicho, hemos tratado de olvidar, hemos querido decir, hemos vuelto a pronunciar.

Hechos de una historia más narrada que vivida. Porque nuestra historia no es nuestra historia, sino lo que contamos de ella y, así, terminamos convencidos de que es la nuestra.

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sábado, 27 de abril de 2013

A la memoria de aquella Biblioteca Rivadavia

Las bibliotecas

In Memoriam


En ocasiones aseguro que lo más revolucionario, hoy en día, es ser conservador. Sospecho que tal afirmación no es otra cosa que una justificación a mis limitaciones en materia cibernética. De todas formas, nos guste o no, somos atravesados por tiempos nuevos que llegan y se instalan y a los cuales decirles NO sería de una necedad notable.

Vivir en China, como me ha tocado en suerte, y ser una lectora voraz en lengua española no son dos cuestiones que se lleven ni siquiera de manera aceptable. Ha sido esta situación la que me puso en las manos un tablet. Frente a la nada misma y con la escueta biblioteca que logré trasladar ya leída, he aceptado de buen grado el regalo. Sin embargo algo me perturba acerca de mi biblioteca portátil, tan cómoda ella, tan impoluta, tan mínima, tan universalmente generosa como para permitirme ir al parque, frene al Mar Amarillo, no sólo con uno, sino veinte libros por un peso de seiscientos gramos. Le he dado vueltas al asunto y he comprendido que no es la guerra del papel contra la pantalla la que me desvela, sino el futuro físico de las bibliotecas. Me consuela un aparatito lleno de lecturas, pero yo quiero que mi escritorio huela a libros nuevos y viejos, quiero verlos en sus estantes cuando me siento, quiero oír el áspero pasar de sus hojas, quiero escribirlos, marcarlos, hacerlos míos de puño y letra con el borrón de la caligrafía con sueño o la claridad de las mañanas.


Era feliz caminando por Avenida Colón rumbo a la Biblioteca Rivadavia. Las tardes de primavera, cuando era tiempo de recuperar nota en las materias del secundario, o cuando en la universidad debía concluir y cerrar trabajos importantes, yo me vestía, me ponía perfume, buscaba los papelitos con los nombres de autores o libros o temas y salía como quien va a una fiesta silenciosa e íntima. Ni siquiera recuerdo bien qué cosas he aprendido entre los muros de aquel sitio, pero recuerdo el ritual sagrado de la búsqueda en los archivos, el paso de las fichas de cartulina por los dedos cansados, el tomar nota de todo aquello que de una u otra manera consideraba útil, escribir nombres y datos en papeles que esperaban en un pinche de metal que traía atada una birome Bic, trazo grueso. Luego, todo era ir hasta el mostrador, esperar el turno para entregar el pedido y observar con expectación cómo descendía mi lista por una soga paralela al ascensor. Más tarde ascendían los libros y, de haber tenido suerte, entonces firmaba un simple papel que me permitía ir a la sala de lectura, o en el mejor de los casos, también llevar a casa los biblioratos pesados y viejos.

La sala de lectura era un capítulo aparte. Sus puertas vaivén se abrían produciendo la fricción de protectores de goma, colocados a los efectos de mantener el más absoluto silencio, de modo tal que tanto cuando uno entraba en la sala, como cuando entraba alguien mientras uno ya estaba dentro, se sentía como un ingreso al escenario. En el silencio pesado de la enorme sala se oían los pasos sobre la alfombra de goma central, luego los ecos de las pisadas sobre la pinotea y el rumor de hojas, biromes y sillas hasta que el advenedizo lector se ubicaba y serenaba el ruido mundano que había traído consigo.

Me he distraído a morir con la gente que llegaba, con los que se levantaban cada diez minutos a buscar cosas en los diccionarios a disposición que cubrían las paredes. He pretendido comer algún caramelo luego de horas de lectura o me he tentado en esas risas que tienen más que ver con la prohibición que con el humor. Y entonces sucedía. Inexorablemente aparecía tras los cristales repartidos la cara del hombrecito guardián del orden. Nunca supe su nombre, pero vestía de gris y sospecho que poseía el don de la intuición súper desarrollado, pues era capaz de estar desaparecido por horas, pero hacer su ingreso triunfal en el momento en que se quebraba alguna pauta de conducta. Sé que para mí y para muchos él era el terror de la Biblioteca.

Asocio a la Rivadavia siempre con la primavera o el primer otoño, de modo tal que al salir, luego de horas, descubría que se había hecho de noche y no lo había comprendido. Entonces caminaba en el calor que exudaba el asfalto, esquivando los plátanos con sus pájaros que lo ensuciaban todo y conservaba el olor a libros viejos, a lomos de cuero, a papel rústico. Caminaba hacia mi casa en trance, con la serenidad que aquel sitio había impreso en mis ansias por un rato. Creo que en ese sitio, yo era feliz.


Muchos años después recibí en herencia una biblioteca que vino a poblar mi casa con sus estanterías de madera y sus libros y todo aquello que escondían las páginas. Había pertenecido a una de mis tías más amadas. Mi casa supo de su perfume por semanas. Lo más interesante es que yo había adorado a mi tía de pequeña, pero llegué a conocerla en verdad a partir de esa biblioteca que me había legado. Allí estaban sus gustos intelectuales de vanguardia, sus reclamos femeninos con Beauvoir, su pena existencialista, el dinero perdido para siempre y las notas, cartas y fotos de sus días alegres e infortunados. Supuse que el regalo implicaba una revelación tardía, un sendero de conocimiento encriptado y a la vez lleno de transparencia.


Digo, puedo leer un libro en cualquier formato. Agradezco a estos tiempos los avances que permiten recibir cartas en segundos o hablar y vernos aunque más lejos ya no podamos estar en la tierra. Pero yo aún amo las bibliotecas, como las cartas de papel enviadas por correo, como bailar lentos. Pero ése… es otro tema.

María Paula Villanueva

16 comentarios:

Isabel Barceló Chico dijo...

Comprendo tu querencia por las bibliotecas y tus temores. Sin embargo, precisamente he estado este pasado sábado en Villarrobledo, como invitada a un encuentro provincial de clubs de lectura de Albacete, al que han asistido más de 360 personas. Y la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, de la cual había una representante, lleva muchísimos años trabajando en investigación sobre lectura, bibliotecas, lectores en tránsito, clubs de lectura en la nube, etc. de modo que están estudiando qué nuevo papel tendrán las bibliotecas y los bibliotecari@s en el futuro. No creo que se acaben jamás....
Respecto a China, tengo también ahora a una buena amiga viviendo allí. Espero que te resulte grato. Un abrazo muy fuerte, querida amiga.

Maria Paula Villanueva dijo...

Un abrazo enorme para vos, Isabel! Yo tampoco creo que desaparezcan nunca las biliotecas, eso me consuela.
China es como todo, grata (afortunadamente), pero muy lejana a mí.

Anónimo dijo...

Hay mil cosas de otro tiempo que nos suenan mas lindas. Sera que nosotros eramos otros?
Hermoso texto y reflexion!
Galdys

Anónimo dijo...

Que hermoso Señora Paula! Tan descriptivo que me siento que revivo todo lo que decis, sin haberlo nunca vivido!
Coralito

Maria Paula Villanueva dijo...

Gracias Gladys! Y gracias Coralito de mi vida! Sí, se puede tener hasta anoranza de algo que no vivimos!

Betty dijo...

Parece que huele a libros, Pau! Qué lindos recuerdos! Me fascinan las bibliotecas. Es algo mágico, sublime, lleno de sonidos callados y con todos esos libros que te dan ansias de leer y que sabés que nunca vas a terminar. Precioso relato, amiga!

Anónimo dijo...

Me ancantó el párrafo dedicado a la bilblioteca de Nenina...

Anónimo dijo...

De una biblioteca como la que citas, obviamente mas pequeña pero no por ello con menos cultura almacenada y con esos aromas tan característicos que te pueden llegar hasta el alma y por que no, cortarte la respiración por la emoción que producen, llegaron a las mías, portadas por manos muy queridas, mis primeros libros que devoraba sin pausa. Salgari, Verne, Vigil. Twain. etc. Con el tiempo ya frisando los catorce/quince años, "me corté" solo y concurría diariamente a la biblioteca pues no me alcanzaba el tiempo para examinar libros, consultar enciclopedias, leer revistas desde Billiken hasta Mundo Argentino, El Hogar, Life en español y muchas otras por cierto. Si hasta de puro solidario, quizás influenciado por ese hombre que me arrimó aquellos volúmenes,a la sazón fundador junto con otras inquietas personalidades de la Biblioteca Juan B. Alberdi y quien fuera además el primer Secretario de su Comisión Directiva y primer bibliotecario -ad honoren- entregaba y recepcionaba y hacía las anotaciones correspondientes en el registro de retiros y entrega de ejemplares utilizados por cada uno de los socios.En ese ámbito tan caro a mi espíritu supe quiénes eran Güiraldes, Hernández,Dikens, Alberdi y sus "Bases" (Tapa de tela verde seco), si hasta me animé, que corajudo,!! con José Ingenieros y su tal vez, obra cumbre, "El hombre mediocre". Leyendo lo tuyo he vuelto a aquellos dorados años donde uno se creía el héroe de la obra y con el tiempo también concurrí a la Rivadavia para hacer exactamente lo que relatas. Decir que te comprendo y siento mías tus palabras es una verdad de Perogrullo. Es muy hermoso lo que expones, como siempre con gran sensibilidad y talento.TQM

Anónimo dijo...

Paula:gracias por poner en palabras,recuerdos,aromas y revivir lo que algunos, como quien escribe estas lineas,concurriamos, todas las tardes, "alla lejos"y hace tiempo.La sensacion que teniamos era la de entrar a un templo.No existian los ficheros que vos conociste,simplemente nos acercabamos al mostrador,en donde un bibliotecario sumamente amable,recibia nuestro pedido, que luego subia por el ascensor,y generalmente lo llevabamos a casa.S´eran libros de estudio debian devolverse a los dos dias,pero si eran novelas podian retenerse quince dias.Pasaron muchos años, y en una oportunidad,regrese con una de mis hijas, queestudiaba la carrera de Letras,cuando vi los ficheros,(tan complejos para mi )quede desconcertada,pero ella que conocia la nueva organizacion,pudo resolverme el problema. En mi adolescencia, la concurrencia a la biblioteca era ademas un paseo. Recuerdo que a veces si debiamos llevar un apunte, lo haciamos en la sala de lectura para niños,que a mi me resultaba mas agradable que la sala grande.Gracias Paula por atesorar,y transmitirnos este diria entrañable homenaje,a un lugar que en mi juventud era indispensable. A mi tambien me encanta el aroma que despiden, los libros viejos.¡¡Gracias por este hermoso recuerdo y roguemos que nunca desaparezcan!!!

Maria Paula Villanueva dijo...

Querida Betty!
Gracias por tu lectura, gracias por el recuerdo de las bibliotecas propias y ajenas, gracias por todo!
Y para la otra-o "anónimo", realmente el relato de la biblioteca de Nenina fue así: un renacimiento de su persona a través de sus libros.

Maria Paula Villanueva dijo...

Anónimo, me emociona tu recuerdo de aquellas bibliotecas y aquellas lecturas que nos despertaban un héroeo que queríamos y soñábamos ser por un tiempo!
T.K.M
Siempre!

Maria Paula Villanueva dijo...

Anónimo_a último: si es que sos quien imagino sólo debo decirte GRACIAS por llevarme de vuelta a aquel tiempo tan glorioso, allá lejos y hace tiempo!
Siempre!

Anónimo dijo...

POR FAVOR!!!!QUE MANERA DE RETROCEDER EN EL TIEMPO, Y CUANDO NOS TENTABAMOS ?? QUE HORROR, ESE LUGAR ERA PARA GENTE SERIA HASTA QUE LLEGABAMOS NOSOTRAS. JAJAA TE QUIEROO

maria del carmen nazer dijo...

Acá estoy maría Paula , devolviéndote la gentileza . Termino de leer tu texo homenaje a tu querida biblioteca Por cierto IMPECABLE . No podría ser menos.Tus antecedentes te avalan pero la cultura se adquiere, la sensibilad se hereda, seguramente, nace con uno. Tienes las dos. Me encantaría estar contacto contigo. Ya me he agregado a tu cuadrito de seguidores. Supongo que muchas veces sentirás nostalgia de tu tierra. Yo soy Argentina, de Corrientes, capital del carnaval y sobre todo regaladora de muchas personalidades de las artes en general.
Si quieres puedes comunicarte conmigo vía mail. lo decides y me lo haces saber.
Te dejo mis mejores deseos de buenpasar en esas tierras lejanas.
Pájaros de felicidad te llevan mi corazón. :)

Maria Paula Villanueva dijo...

Gracias, María del Carmen por tus palabras! Qué hermoso es comprobar que aunque alguien no haya migrado tanto como quisiera no está ajena de comprender que es hermoso, pero en ocasiones también un desgarro. Se sienten muchas nostalgias, pero literariamente se acortan las distancias, como en este caso.
Te envío un abrazo enorme y claro que me gustaría estar en contacto con vos!
Gracias, nuevamente!

Mónica Alvarez dijo...

Hola María Paula:
he vivido intensamente la magia de las bibliotecas y los libros de papel.
Algunos piensan que el libro tiene los días contados. Las enciclopedias dejaron de publicarse. Todo parece destinado a ser virtual. Ojalá que no.
Buen testimonio.
Saludos desde Chile

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