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Estamos hechos de palabras.

Palabras que hemos escuchado, hemos dicho, hemos tratado de olvidar, hemos querido decir, hemos vuelto a pronunciar.

Hechos de una historia más narrada que vivida. Porque nuestra historia no es nuestra historia, sino lo que contamos de ella y, así, terminamos convencidos de que es la nuestra.

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jueves, 29 de septiembre de 2011

¡Silencio! Callen todos

¡Silencio! Callen todos.
Nadie profane el murmullo de los pájaros,
Nadie quebrante la tarde que se hunde, nadie se atreva
A tocar esta paz,
Esta ausencia, esta muerte que nace
en el otoño incipiente.
¡Silencio!
Aléjense de mis cavilaciones.

Si alguien supiera qué hay en mí…
Si alguien viera
la desnudez absoluta, la que me abarca
cuando se hace noche en la ventana,
cuando no hay lunas,
cuando tarda la mañana
y tengo frío y necesito que me abriguen
y pasen la mano por la espalda…
Entonces, tal vez,
yo duerma,
como un perro sin dueño o
indigentes bajo un puente.

M. P. V.

martes, 13 de septiembre de 2011

Decir adiós es tan difícil como ser abandonados

“La felicidad no se experimenta, se recuerda”
León Tolstoi


Es una pena que me mires con ojos de adiós y olvido. Ni vos ni yo creemos que sea posible. Por vez primera la prosa, entre tanto verso perdido, porque el “adiós” no merece un poema. No el adiós en primera persona: no el tuyo, no el mío.
No se duerme antes ni durante el fin, se concilia el sueño después, como luego de las pesadillas, como luego de una cirugía mayor cuando el cuerpo, finalmente, comprende que puede dejar de esperar el alivio.
¡Cuánto hubiera deseado ser mezquino! Precipitar en los otros el deseo de mi distancia… . En cambio, he sabido amar, he logrado ser amado, he sabido caminar entre tinieblas y hacer de este final algo tan doloroso entre vos y yo. Alcanza? No. Ni a vos, ni a mí, ni a ellos. A nadie. Por eso esta pena me acompaña a todos lados, camina a mi lado hace años y se apaga con las luces de los veladores o la televisión encendida; con el rumor de la vida que crece en torno; con los atardeceres de Venecia; con las noches junto al Jónico dormido; con la idea de tu cercanía… o la mía.
Anestesia, le llaman a veces a la ausencia de dolor. Anestesia, le dicen algunos, a la falta de felicidad o intensidad. Pero era el dolor quien, a veces, me mantenía vivo. Vale la pena? Vale esta nada? Vale?
No sé, amor. No sé nada. Quisiera simplemente regalarnos un instante en claridades artísticas que diga: Hoy somos felices, no es cierto, amor? Y que nos miráramos felices (ya sé que no nos gusta esta palabra tan gastada) y percibiéramos que todo ha sucedido sin dejar huella. Impronta, huella, seña, marca. No puedo reescribir esta idea que está en todos y no me da tregua.
Hagamos de cuenta que este adiós es el comienzo. Es un gran adiós, cierto? Por qué solo los grandes comienzos cuentan? “ Yo la quise, y a veces ella también me quería…” dice Pablo, el de Temuco. “Pero en noches como éstas”…. sigue diciendo Neruda; y ya no es el amor su motivo, sino el adiós.
Ay, vida, que no encuentro nada que me calme! Que nada me hace sentir bien! Que te quiero y esto, aunque no lo creas, es también amor.
Por qué no nos han enseñado que decir adiós es tan doloroso como ser abandonados, o no?
M.P.V.