A Marina Fernández, por su magia de siempre…
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche”
Pablo Neruda
Podría decir, por ejemplo,
Que recién miré un crepúsculo violáceo sobre el Jónico,
Que esta tarde sonaron los violines de la escuela y sonreí,
Que tomé un cortado frente al Castello y anochecía,
Y un perro de bigotes grandes cantaba
Mientras la noche se iba como si nada.
Podría decir, por ejemplo,
Que se me detuvo el tiempo esta mañana,
Decir que, a pesar de tanta pérdida temprana,
No acepto, ni lo haré nunca,
Las pérdidas tempranas.
Cómo sigue la vida.
Sigue como si siguiera,
Como si nada hubiera terminado,
Como si los pájaros no comprendieran
Que es hora de hacer silencio,
Como si los geranios no lograran vestirse de luto,
Como si las radios no supieran que “ya basta con la cosa de siempre”.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Decir que haz estado hoy más que nunca,
Más que siempre,
Más que eternamente
Y en todo,
La tarde, los violines, las barcazas,
Los pescadores,
La luna menguante,
Los cactus en flor,
El murmullo obsceno de la gente,
Las risas de aquellos que hoy tienen ganas,
Los autos que circulan impávidos,
Los niños con su aire de “para siempre”,
Los enamorados con su gesto ensimismado,
Los ancianos que aún caminan y
Les pasó la vida, y algunos reniegan.
Borges recomendaba no escribir así, no en este estado
Doloroso, recién amanecido.
Tendrá razón, serán estas palabras no muy poéticas,
No muy bien dichas, cercanas a lugares comunes, dolidas,
Mal seleccionadas,
Vulgares, tan dichas…
Me pasa que no sé cómo decir
Que sólo me resta aceptar
Que te voy a extrañar, Marina,
Y qué no sé cómo
Pero mañana seguirá amaneciendo,
Y seguiremos viviendo
Como siempre,
Pero sin vos.
lunes, 24 de mayo de 2010
martes, 11 de mayo de 2010
Distancia y tiempo
A Gabriel,por supuesto...
La verdad es que hoy el día amaneció hermoso. Será por eso, acaso, que por fin me siento en el rincón de siempre, frente al Mediterráneo, a ver deslizarse el mar de derecha a izquierda,o tal vez sea por otra cosa. Por el ventanal que da al balcón se asoma la orquídea lavanda que me regalaste hace más de un mes y los lazos de amor cuelgan hacia el jardín vecino como manos. Me provocan risa sus brotes, como si fueran dedos apiñados, como varias manos y varios dedos que cuelgan inertes o limosneros.
Yo sigo acá, con esta vida que se me va entre sandeces. Me levanto, llevo las nenas a la escuela. Regreso y salgo a caminar por el camino aledaño al mar. Desciendo muchas veces entre las piedras lávicas que conforman la isla y me siento entre los intersticios negros para que nadie pueda verme. A veces me ubico de frente al sol y otras veces miro sin encandilamientos los barcos de los pescadores que regresan de sus faenas. No sé por qué, pero creo que ellos son felices, aunque hayan pescado poco o aunque hayan pasado frío en estas noches casi últimas de invierno. Yo, en cambio, suelo estar tan triste… No sé cómo explicarte. No se debiera estar triste en mañanas como ésta. Yo debería amanecer o irme a acostar mirando la casa, las nenas, tus fotos, la cuenta del banco que finalmente no está en rojo y, entonces, debería habitarme una fe, una serenidad, una plenitud inabarcablemente grandes. Sin embargo, no me sale.
Será que la vida te ha llevado lejos este tiempo y, entonces, yo pretendo ocupar un lugar que no puedo y se sobredimensiona mi lugar de madre y mujer que trabaja y amiga ausente de todos y… será eso, simplemente. O será, por qué no, que me cuesta encender las luces de la casa por la noche, abrir un vino blanco para mí sola (cuando oscurece, sólo entonces), y cenar con las nenas conversando vaguedades y riendo y luego irme a acostar y cepillarme el pelo, vestirme con este camisón que compré pensando en vos, ponerme unas gotitas de perfume (qué rara soy a veces) y mirarme, por última vez en el día, sabiendo que no me verás. Hay días, te aseguro, en que pienso: Qué lindo si nos viera reír como lo hacemos, qué bonito sería que huela el aroma a niñas que dejan las nenas en su cuarto cuando se van a la escuela, qué suerte sería que fueras vos a buscar a la mayorcita de sus primeras fiestas y yo los esperara despierta para conocer las novedades amorosas de ella. En fin, suelo pensar: Qué lindo sería si fuéramos como otras familias, más normales, más juntos, más cansados el uno del otro. Pero, eso a mí no me ha tocado en suerte porque los días nunca son iguales cuando vos no estás. Nunca son iguales cuando yo no estoy (o no estaba) y vos te ibas con ellas a casa de amigos y familia para no asumir mi vacío.
Te imagino en Tanzania, rodeado de los colores de África: las pieles oscuras envueltas en púrpuras y naranjas. Los Masai en medio de tu posta en Kilimanjaro. Imagino la mirada de los otros, la cercanía indiferente de los otros con tu persona y siempre me pregunto si alguna vez comprenderán cuánto daría esta mujer por estar circunstancialmente, al menos, a tu lado en una calle, en los pasillos del aeropuerto, en algún asiento de tu avión oyendo cómo me das la bienvenida a bordo.
Te cuento rarezas o coloridos exotismos míos (no creas que no los tengo): hoy vi una paloma rosa. Yo estaba en el Castello, como casi siempre en las mañanas, y ella voló desde la terraza del Castello hacia mí. Se posó en el suelo de baldosas rugosas y giró su cabeza. Entonces la pude ver con todo el sol sobre su espalda, toda rosada, un rosa casi naranja. Tenía ojitos de verano. No me pidas que te explique esta afirmación porque no puedo, pero era así. Si hubiera sido una golondrina u otra ave migratoria yo hubiera jugado un rato con la idea de que tal vez vos puedas verla en África, pero la pobre paloma no tenía pinta de señora muy “viajada”.
Se hizo de noche mientras te escribo . Hay una luna que es más un sol de otoño. Me gusta el otoño, ya te lo he dicho. Me gusta que enciendas el hogar y ver el tono ceniciento e incandescente de los leños. Me gusta retarte y decirte: ¡Basta, mi amor, estoy transpirando y afuera hace mucho frío!
Las nenas están tocando el piano en la planta alta. Cantan y se ríen. Creo que me preparan alguna sorpresa. Recién encendí la farola del balcón y no hacía falta, la luna es más fuerte.
Llaman al teléfono y nadie atiende. Regreso pronto.
Te cuento que eras vos, llamaste para decirme que hacía horas que acababas de aterrizar. Volabas sobre el Índico y viste una luna enorme y amarilla. Volabas en silencio, volviendo con tus ideas hasta nosotras. ¡Qué nada ni nadie profanara la imagen y el momento! De pronto pensaste: ¡Ojalá pueda verla! No sigo escribiendo pues el resto de la conversación la sabes tan bien como yo.
Hoy me iré a acostar con la certeza astronómica de que la luna se ve igual en África y, a veces, nos encontramos en ella. Cosa de adolescentes, no?
La verdad es que hoy el día amaneció hermoso. Será por eso, acaso, que por fin me siento en el rincón de siempre, frente al Mediterráneo, a ver deslizarse el mar de derecha a izquierda,o tal vez sea por otra cosa. Por el ventanal que da al balcón se asoma la orquídea lavanda que me regalaste hace más de un mes y los lazos de amor cuelgan hacia el jardín vecino como manos. Me provocan risa sus brotes, como si fueran dedos apiñados, como varias manos y varios dedos que cuelgan inertes o limosneros.
Yo sigo acá, con esta vida que se me va entre sandeces. Me levanto, llevo las nenas a la escuela. Regreso y salgo a caminar por el camino aledaño al mar. Desciendo muchas veces entre las piedras lávicas que conforman la isla y me siento entre los intersticios negros para que nadie pueda verme. A veces me ubico de frente al sol y otras veces miro sin encandilamientos los barcos de los pescadores que regresan de sus faenas. No sé por qué, pero creo que ellos son felices, aunque hayan pescado poco o aunque hayan pasado frío en estas noches casi últimas de invierno. Yo, en cambio, suelo estar tan triste… No sé cómo explicarte. No se debiera estar triste en mañanas como ésta. Yo debería amanecer o irme a acostar mirando la casa, las nenas, tus fotos, la cuenta del banco que finalmente no está en rojo y, entonces, debería habitarme una fe, una serenidad, una plenitud inabarcablemente grandes. Sin embargo, no me sale.
Será que la vida te ha llevado lejos este tiempo y, entonces, yo pretendo ocupar un lugar que no puedo y se sobredimensiona mi lugar de madre y mujer que trabaja y amiga ausente de todos y… será eso, simplemente. O será, por qué no, que me cuesta encender las luces de la casa por la noche, abrir un vino blanco para mí sola (cuando oscurece, sólo entonces), y cenar con las nenas conversando vaguedades y riendo y luego irme a acostar y cepillarme el pelo, vestirme con este camisón que compré pensando en vos, ponerme unas gotitas de perfume (qué rara soy a veces) y mirarme, por última vez en el día, sabiendo que no me verás. Hay días, te aseguro, en que pienso: Qué lindo si nos viera reír como lo hacemos, qué bonito sería que huela el aroma a niñas que dejan las nenas en su cuarto cuando se van a la escuela, qué suerte sería que fueras vos a buscar a la mayorcita de sus primeras fiestas y yo los esperara despierta para conocer las novedades amorosas de ella. En fin, suelo pensar: Qué lindo sería si fuéramos como otras familias, más normales, más juntos, más cansados el uno del otro. Pero, eso a mí no me ha tocado en suerte porque los días nunca son iguales cuando vos no estás. Nunca son iguales cuando yo no estoy (o no estaba) y vos te ibas con ellas a casa de amigos y familia para no asumir mi vacío.
Te imagino en Tanzania, rodeado de los colores de África: las pieles oscuras envueltas en púrpuras y naranjas. Los Masai en medio de tu posta en Kilimanjaro. Imagino la mirada de los otros, la cercanía indiferente de los otros con tu persona y siempre me pregunto si alguna vez comprenderán cuánto daría esta mujer por estar circunstancialmente, al menos, a tu lado en una calle, en los pasillos del aeropuerto, en algún asiento de tu avión oyendo cómo me das la bienvenida a bordo.
Te cuento rarezas o coloridos exotismos míos (no creas que no los tengo): hoy vi una paloma rosa. Yo estaba en el Castello, como casi siempre en las mañanas, y ella voló desde la terraza del Castello hacia mí. Se posó en el suelo de baldosas rugosas y giró su cabeza. Entonces la pude ver con todo el sol sobre su espalda, toda rosada, un rosa casi naranja. Tenía ojitos de verano. No me pidas que te explique esta afirmación porque no puedo, pero era así. Si hubiera sido una golondrina u otra ave migratoria yo hubiera jugado un rato con la idea de que tal vez vos puedas verla en África, pero la pobre paloma no tenía pinta de señora muy “viajada”.
Se hizo de noche mientras te escribo . Hay una luna que es más un sol de otoño. Me gusta el otoño, ya te lo he dicho. Me gusta que enciendas el hogar y ver el tono ceniciento e incandescente de los leños. Me gusta retarte y decirte: ¡Basta, mi amor, estoy transpirando y afuera hace mucho frío!
Las nenas están tocando el piano en la planta alta. Cantan y se ríen. Creo que me preparan alguna sorpresa. Recién encendí la farola del balcón y no hacía falta, la luna es más fuerte.
Llaman al teléfono y nadie atiende. Regreso pronto.
Te cuento que eras vos, llamaste para decirme que hacía horas que acababas de aterrizar. Volabas sobre el Índico y viste una luna enorme y amarilla. Volabas en silencio, volviendo con tus ideas hasta nosotras. ¡Qué nada ni nadie profanara la imagen y el momento! De pronto pensaste: ¡Ojalá pueda verla! No sigo escribiendo pues el resto de la conversación la sabes tan bien como yo.
Hoy me iré a acostar con la certeza astronómica de que la luna se ve igual en África y, a veces, nos encontramos en ella. Cosa de adolescentes, no?
viernes, 23 de abril de 2010
"Sueño el sur,
inmensa luna, cielo al revés...
te quiero sur, te quiero"
Pino Solanas
" El sur, el sur también existe"
Joan Manuel Serrat
Mientras el Norte renace y huelen a flores sus calles
En el Sur algo se está muriendo.
Misterio de paralelos y líneas imaginarias
Más ciertas que una idea
Más determinantes que un sueño.
Guiones sobre un mapa,
Trópicos de transición
Destinos diversos
como el sentido de la brújula
que siempre indica el Norte, o arriba…
Yo me pregunto, a veces, dónde está la fuerza,
dónde el magnetismo mayor o
quién decidió que la punta de la flecha
indique por toda referencia
otro sitio bien distinto al mío.
Cuando era niña y jugaba a los indios
Yo tensaba el arco, colocaba la rama de pino en la cuerda
Y con el impulso nacido en un sur imaginario
Salía disparada hacia el cielo…
De todas formas aquí, ahora, la primavera está instalada
Y el sur se muere de frío, de abuso y olvido….
inmensa luna, cielo al revés...
te quiero sur, te quiero"
Pino Solanas
" El sur, el sur también existe"
Joan Manuel Serrat
Mientras el Norte renace y huelen a flores sus calles
En el Sur algo se está muriendo.
Misterio de paralelos y líneas imaginarias
Más ciertas que una idea
Más determinantes que un sueño.
Guiones sobre un mapa,
Trópicos de transición
Destinos diversos
como el sentido de la brújula
que siempre indica el Norte, o arriba…
Yo me pregunto, a veces, dónde está la fuerza,
dónde el magnetismo mayor o
quién decidió que la punta de la flecha
indique por toda referencia
otro sitio bien distinto al mío.
Cuando era niña y jugaba a los indios
Yo tensaba el arco, colocaba la rama de pino en la cuerda
Y con el impulso nacido en un sur imaginario
Salía disparada hacia el cielo…
De todas formas aquí, ahora, la primavera está instalada
Y el sur se muere de frío, de abuso y olvido….
martes, 6 de abril de 2010
Camino de la escuela
Yo iba al colegio caminando por entre callecitas de tierra,bordeando el viejo cine,
pasando por la casa del fotógrafo al cual Victoria y yo le dejábamos abierta la puerta para que sonara interminable su timbre de anuncio de clientes.
Iba sola con mi portafolios, que no era mochila en esos tiempos, sino una cartera pesada color verde sapo, con bolsillos laterales llenos de plasticolas abiertas, secas e inservibles.
Llevaba un Manual, el Peuser o el del alumno bonaerense y allí habitaba todo el conocimiento del año: matemática, historia, geografía, biología, castellano y literatura. Llevaba, además dos o tres cuadernos, una cartuchera, una tijera,papel de calcar, algunos mapas (casi siempre arrugados) y un vasito plegable color rojo para tomar agua del bebedero de la escuela. No era yo de los chicos que portaban merienda, no. Mamá siempre decía que se merendaba en casa, entonces yo recuerdo aún con deseo las carasucias de Marina o las bolsitas con merengadas y los caramelos de otros niños. Para mí los recreos eran, sobre todo, mirar a la portera cuando estaba por tocar la campana pues la primera campanada indicaba la orden de permanecer en su sitio y la segunda dirigirse hacia la fila. Demás está decir que al ver su mano tomar la cuerda de aquella invertida taza de bronce yo fingía la más estrafalaria figura corporal para permanecer en ella hasta el próximo Tan-Tan-Tan.
Luego todo era volver a hacer silencio en clase. Oir a la maestra, ponernos de pie al ingreso de alguna autoridad, escribir las composiciones en las que se corregía desde el tema, la adecuación, la ortografía, la puntuación, la letra y la prolijidad.
Recuerdo todo aquello con naturalidad, como una cita que la vida nos deparaba (nos gustase o no la idea).
El secundario ya fue otra cosa: Colegio de señoritas, formar parte del coro de la capilla, estar atenta a los peinados, las posturas, los anillos, los chicos que esperaban afuera nuestra salida. Recuerdo el secundario con una especie de fastidio molesto y antinatural y recuerdo las mañanas heladas, formadas todas en el patio abierto cantando Aurora mientras la bandera ascendía tan lentamente cuanto duraba la canción patria. Yo me preguntaba: Cómo es posible que estas mujeres hayan elegido ser profesoras? Yo, en sus lugares, estaría durmiendo en casa, sin despertadores que sonaran a las seis de la mañana! Recuerdo profesoras verdaderamente detestables, una principalmente, que me llamó a dar lección de matemática el primer día luego de las vacaciones de invierno, en la primera hora del lunes. Trigonometría. Por supuesto que cuando dijo: Villanueva! yo sólo atiné a decir: Presente! Luego me pondría un uno (uno de los tantos) y me enviaría al banco expresando que mis fórmulas eran "Cosa de Mandinga".
A otras profesoras las recuerdo como si reconociera en ellas el origen de mi vocación.
Un día me descubrí a mí, mirando a mis alumnos y haciéndoles gestos de que se callaran mientras entonábamos: Salve, Argentina, bandera azul y Blanca... y recuerdo que la enredadera del San Patricio, la falsa parra, estaba morada a inicios de otoño y era yo quien ahora estaba allí, levantándome temprano para ir a dar clases de Literatura.
Lo que esta mañana me trajo aquellas imágenes estará provocado, tal vez, porque extraño entrar al curso y ver que luego de tanta disciplina impuesta, mis alumnos se ponían de pie. Y extraño, seguramente, mis conversaciones con ellos, el raro silencio en mis horas, las manos levantadas y las discusiones sobre si Sor Juana tenía razón o si Hamlet era o se hacía, o si la vida valía la pena. Porque antes que nada mi presupuesto con ellos siempre fue: primero el respeto, casi temor... que luego, para querenos, tenemos todo el año. Y así terminó resultando.
Nos hemos querido, me han temido, les he temido, nos hemos necesitado, los sigo necesitando.
Hoy, no digo que cada mañana, hoy especialmente yo siento unas profundas ganas de tomarme un café en sala de profesores, luego de tres horas de clase agotadoras. Hoy, no sé bien por qué, yo quisiera escucharlos decirme: Miss, viste la nota que salió ayer en el diario? (sólo para demorar mis disquisiciones literarias o lingüísticas).
Hoy, como sucederá en otros días, siento deseos de poder hacer algo para dejarles una huella indeleble relacionada con la vida que se va, una huella de voces y aromas a libros y espacios para pensar.
Será, quizás, que he visto cómo vienen las cosas últimamente.
Pienso por ejemplo en el amor, pienso en la memoria, pienso en el legado, pienso en las miradas, pienso en los silencios... Ya no se escribe "a mano", ya no se perfuman infantilmente las cartas, ya no se mira a los ojos, ya no se bailan lentos, ya no se escucha la voz al oído de aquel que te sacude las visceras con su presencia, ya no se tocan las manos como primer reconocimiento del otro, ya no se está sobrio para poder percibir la belleza y distinguirla del deseo. En esta noche cibernética todos los gatos son pardos. Y yo siento hoy muchas ganas de distinguir pelajes, colores, huellas en los tejados o en los cimientos...
Pero ése, ése justamente, es otro tema.
Y mañana será otro día y tal vez ya no sienta estas ganas inexplicables de seguir haciendo la escuela.
pasando por la casa del fotógrafo al cual Victoria y yo le dejábamos abierta la puerta para que sonara interminable su timbre de anuncio de clientes.
Iba sola con mi portafolios, que no era mochila en esos tiempos, sino una cartera pesada color verde sapo, con bolsillos laterales llenos de plasticolas abiertas, secas e inservibles.
Llevaba un Manual, el Peuser o el del alumno bonaerense y allí habitaba todo el conocimiento del año: matemática, historia, geografía, biología, castellano y literatura. Llevaba, además dos o tres cuadernos, una cartuchera, una tijera,papel de calcar, algunos mapas (casi siempre arrugados) y un vasito plegable color rojo para tomar agua del bebedero de la escuela. No era yo de los chicos que portaban merienda, no. Mamá siempre decía que se merendaba en casa, entonces yo recuerdo aún con deseo las carasucias de Marina o las bolsitas con merengadas y los caramelos de otros niños. Para mí los recreos eran, sobre todo, mirar a la portera cuando estaba por tocar la campana pues la primera campanada indicaba la orden de permanecer en su sitio y la segunda dirigirse hacia la fila. Demás está decir que al ver su mano tomar la cuerda de aquella invertida taza de bronce yo fingía la más estrafalaria figura corporal para permanecer en ella hasta el próximo Tan-Tan-Tan.
Luego todo era volver a hacer silencio en clase. Oir a la maestra, ponernos de pie al ingreso de alguna autoridad, escribir las composiciones en las que se corregía desde el tema, la adecuación, la ortografía, la puntuación, la letra y la prolijidad.
Recuerdo todo aquello con naturalidad, como una cita que la vida nos deparaba (nos gustase o no la idea).
El secundario ya fue otra cosa: Colegio de señoritas, formar parte del coro de la capilla, estar atenta a los peinados, las posturas, los anillos, los chicos que esperaban afuera nuestra salida. Recuerdo el secundario con una especie de fastidio molesto y antinatural y recuerdo las mañanas heladas, formadas todas en el patio abierto cantando Aurora mientras la bandera ascendía tan lentamente cuanto duraba la canción patria. Yo me preguntaba: Cómo es posible que estas mujeres hayan elegido ser profesoras? Yo, en sus lugares, estaría durmiendo en casa, sin despertadores que sonaran a las seis de la mañana! Recuerdo profesoras verdaderamente detestables, una principalmente, que me llamó a dar lección de matemática el primer día luego de las vacaciones de invierno, en la primera hora del lunes. Trigonometría. Por supuesto que cuando dijo: Villanueva! yo sólo atiné a decir: Presente! Luego me pondría un uno (uno de los tantos) y me enviaría al banco expresando que mis fórmulas eran "Cosa de Mandinga".
A otras profesoras las recuerdo como si reconociera en ellas el origen de mi vocación.
Un día me descubrí a mí, mirando a mis alumnos y haciéndoles gestos de que se callaran mientras entonábamos: Salve, Argentina, bandera azul y Blanca... y recuerdo que la enredadera del San Patricio, la falsa parra, estaba morada a inicios de otoño y era yo quien ahora estaba allí, levantándome temprano para ir a dar clases de Literatura.
Lo que esta mañana me trajo aquellas imágenes estará provocado, tal vez, porque extraño entrar al curso y ver que luego de tanta disciplina impuesta, mis alumnos se ponían de pie. Y extraño, seguramente, mis conversaciones con ellos, el raro silencio en mis horas, las manos levantadas y las discusiones sobre si Sor Juana tenía razón o si Hamlet era o se hacía, o si la vida valía la pena. Porque antes que nada mi presupuesto con ellos siempre fue: primero el respeto, casi temor... que luego, para querenos, tenemos todo el año. Y así terminó resultando.
Nos hemos querido, me han temido, les he temido, nos hemos necesitado, los sigo necesitando.
Hoy, no digo que cada mañana, hoy especialmente yo siento unas profundas ganas de tomarme un café en sala de profesores, luego de tres horas de clase agotadoras. Hoy, no sé bien por qué, yo quisiera escucharlos decirme: Miss, viste la nota que salió ayer en el diario? (sólo para demorar mis disquisiciones literarias o lingüísticas).
Hoy, como sucederá en otros días, siento deseos de poder hacer algo para dejarles una huella indeleble relacionada con la vida que se va, una huella de voces y aromas a libros y espacios para pensar.
Será, quizás, que he visto cómo vienen las cosas últimamente.
Pienso por ejemplo en el amor, pienso en la memoria, pienso en el legado, pienso en las miradas, pienso en los silencios... Ya no se escribe "a mano", ya no se perfuman infantilmente las cartas, ya no se mira a los ojos, ya no se bailan lentos, ya no se escucha la voz al oído de aquel que te sacude las visceras con su presencia, ya no se tocan las manos como primer reconocimiento del otro, ya no se está sobrio para poder percibir la belleza y distinguirla del deseo. En esta noche cibernética todos los gatos son pardos. Y yo siento hoy muchas ganas de distinguir pelajes, colores, huellas en los tejados o en los cimientos...
Pero ése, ése justamente, es otro tema.
Y mañana será otro día y tal vez ya no sienta estas ganas inexplicables de seguir haciendo la escuela.
miércoles, 31 de marzo de 2010
El Cobre

"De todos los colores hay uno que me ha sido fiel
:el amarillo, el oro de los tigres que veía de niño"
J.L.Borges
De todos los colores
uno hay, el cobre, que me acompaña desde siempre.
Acaso sea sólo un matiz de tonos terrosos,
una manera extraviada entre el rojo y el verde,
simplemente un brillo que resplandece
entre las ramas cobrizas de mis otoños.
Me acompaña el cobre de los cacharros sureños
que cuelgan en mis muros,
en los campos atardecidos de trigo,
en el tono miel de la piel,
más en lo cobrizo del cabello,
más crepuscular en las pupilas,
infinitamente más en la memoria sepia
que se vuelve cobriza con los días.
Las piedras cubiertas de algas verdes
se han vuelto macizos cobrizos en la playa;
el rostro de un niña de Maurixius,
el hombre de Cartago, la mujer de Hammamet,
los jazmines disecados,
las hojas viejas de los libros,
las llaves que cuelgan tras las puertas,
los arrayanes,
mis olvidos,
los collares de verano,
los hombros míos,
el perfil de la biblia,
el fondo del estanque,
las hojas del roble,
el barco fantasma encallado en Quequén,
el pan recién servido...
Nada hay que no tenga un dejo cobrizo,
Nada.
Todo lo tiñe él,
o toda me ha teñido.
viernes, 26 de marzo de 2010
Te aviso, Sicilia
¡Prepárate para una fiesta, Sicilia!
Que estallen todos tus brotes
antes de que sea primavera establecida
y lo hayan comprendido
tus lagartijas, tus cactus de flores rojas y
las piedras doradas de la costa de lava.
Y prepárate, te digo,
a pesar de que nada señale que se aproxima el verano y
aunque todo el rocío demore el invierno
y las nieves altas persistan sobre el Etna.
Prepárate para una gala, isla mítica,
pues se acercan tiempos en que
se llenará el cielo de Santa Ritas
y mil campanillas azules invadirán las veredas.
Vendrán días para cenar a orillas del mar y
que un barquero diga "Buona serata"
mientras busca pulpos desde su barca.
Se acercan días en que todo esto,
ahora mío,
será nuestro y será nuestro un despúes
de relatos inefables
sobre días y meses y horas
de pesca amanecida,
De noches con velas sobre nuestra playa pétrea...
Por eso te digo, Sicilia,
Prepárate para la fiesta
pues ni una hora ni una risa
pienso dejar abandonada
en el ocio de los días.
Espero a los peregrinos
con el ansia atravesada,
como si ya estuvieran llegando en sus barcos,
como si ya hubieran empacado,
como si tuvieran náuseas de mar y ganas...
No digas que no he avisado, Sicilia,
no sea cosa que lleguen
y tu no estés ornamentada.